El discurso del miedo para contrarrestar encuestas

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Alfonso José Blanco Ruiz


Experto en Comunicación y Marketing Político


@yoteasesoro


Tendríamos que remontarnos a la primera mitad del S.XX (1920-1930) cuando el presidente norteamericano Roosevelt comienza a usar las emisoras de radio como instrumento de su campaña de comunicación política, comprando espacios de emisión para que se retransmitiesen sus discursos y hacer llegar sus mensajes a la ciudadanía. Junto con esta medida, encargaría encuestas de opinión parar comprobar la evolución de su popularidad.


Posteriormente, no es hasta 1952, en las elecciones que ganó Eisenhower, cuando el Partido Republicano y Demócrata consigna por primera vez una partida presupuestaria para comunicación, incluyendo la realización de encuestas para poder conocer cuáles eran los temas que más preocupaban a los ciudadanos. Desde entonces, hasta el día de hoy, el mundo de las encuestas ha levantado tantas pasiones y adhesión, como rechazo e incredulidad. Este pasado fin de semana se han producido acontecimientos que ponen en entredicho a unos y a otros.


Cada campaña, cada candidato y cada contexto exigen tomar decisiones a partir de un correcto análisis e interpretación de los resultados de elecciones electorales anteriores, a lo que habría que añadir la información que proporcionan barómetros de opinión pública, y poder así llegar a quienes se abstuvieron en elecciones anteriores y decidan votar en las siguientes. Recurrir a la comunicación política sólo en época electoral es un error, pues se termina llegando al electorado tarde y mal a la hora de explicarles iniciativas, visiones y objetivos finales. Escuchar a la ciudadanía ha de ser un trabajo continuo, pues no es lo mismo gobernar o predicar contando con el apoyo del electorado que si se hace de espaldas al deseo de los votantes. Este proceso de escucha permanente se consigue mediante sondeos periódicos que sirven para, como ha pasado con la ley del aborto, comprobar que en todos los barómetros del CIS de los últimos años, ante la pregunta de las preocupaciones de los ciudadanos, el aborto no era considerado como el primer, segundo o tercer problema de este país para el 0,1% de los españoles y españolas. El resultado fue la conocida dimisión del ministro Gallardón por intentar gobernar y legislar de espaldas al sentir de la ciudadanía.


Tenemos muy reciente unas elecciones europeas que desencadenaron una serie de sucesos de un calado y un trasfondo político e histórico importante, como fueron la dimisión de Rubalcaba, la abdicación de Juan Carlos I y la irrupción de un nuevo fenómeno-partido político a la que ninguna encuesta vaticinaba la obtención de 1.200.000 votos. Este auge de la formación de Pablo Iglesias ha puesto en tela de juicio el valor de los barómetros de opinión como una de las principales herramientas del marketing político, como bien la define el doctor en Ciencias Políticas, Philippe J. Maarek.


En los últimos cinco días se han producido unas elecciones en Brasil que han dejado fuera de la segunda vuelta a la ex ministra de medio ambiente, a quien apenas hace un mes todos los sondeos daban como posible ganadora. En España, Metroscopia nos ofrece unos resultados en el que el PSOE estaría por delante del PP, pero con una metodología que no tiene nada que ver con las cocinas de meses anteriores. La irrupción de PODEMOS hace que no se pueda jugar con la variable del recuerdo del voto, pues no podemos olvidar que esta nueva formación apenas tiene seis meses de vida y, por consiguiente, nadie puede tener recuerdo de haberlos votado en alguna elección municipal, autonómica o general. Por este motivo se tiene que cambiar la metodología y ya no se hablará de intención de voto, y a partir de ahora comenzaremos a tener encuestas que nos hablen del voto probable declarado.


Los nuevos medidores sociológicos priman el voto real, sin tantos aderezos en la cocina, donde prima la simpatía, con lo difícil que puede ser que una persona muestre públicamente a un entrevistador una simpatía manifiesta por el partido que gobierna un país cuya tasa de paro es récord en Europa, los niveles de corrupción superan, con creces, cualquier situación imaginable, los sueldos llevan años en descenso y los recortes sociales son tal palpables como notorios. Este contexto histórico hace que sea complicado que los llamados partidos tradicionales obtengan unos dignos resultados en cualquier encuesta que sólo contemple como variable la intención de voto y la simpatía.


Lo que no deja lugar a dudas, con independencia del método de análisis sociológico que se utilice, es el alejamiento de los ciudadanos con los dos partidos que han gobernado este país. Falta un año para las elecciones generales y apenas seis meses para las municipales. Todas las encuestas que hemos conocido esta semana no tienen en cuenta el escándalo de Caja Madrid, que afectan a PP, PSOE, IU, Confederación de Empresarios, Sindicatos etc., ni mucho menos la más que cuestionable forma de afrontar la crisis de la auxiliar sanitaria contaminada con Ébola. Si preguntas en caliente después de un suceso de tal repercusión como las tarjetas negras, o el descontrol sobre protocolos de actuación ante un riesgo de contaminación epidemiológica, se corre el riesgo de usar las encuestas como herramienta de protesta e indignación de sofá que luego se suaviza bastante delante de la urna. Y esto se debe a que los ciudadanos votamos de forma muy diferente delante del televisor que dentro de un colegio electoral, pero muy ciego hay que estar para no ver que las fichas del tablero político no tienen nada que ver con las que había hace cuatro años.


Todas las tendencias nos llevan a apreciar la irrupción de un nuevo partido que no tiene pasado y un incierto futuro. Unos señores que, a día de hoy, aún no han hecho política, pero sí han sabido hacer un diagnóstico de la actual situación de hastío de buena parte de la sociedad española. No obstante, mal hacen aquellos que utilizan el discurso del miedo, pues ese es el último recurso que le queda a los que son incapaces de generar ilusión por ellos mismos.


Miedo es enterarse que una persona que ha tratado a dos fallecidos por Ébola se haya ido de vacaciones al día siguiente de dar sepultura a uno de los afectados. Que en el protocolo de actuación sanitaria no hayan tratado antes a un miembro del personal sanitario que acude con fiebre al médico pero que le envían de regreso a casa porque aún la fiebre no ha alcanzado los 38,6 grados. Miedo se traslada cuando una ministra de Sanidad convoca una rueda de prensa para pedir tranquilidad y se dedica a dar el turno de palabra a los médicos que se sientan con ella, pues desconoce por completo como se actuó, y lo que es aún más grave, cómo se actuará de aquí en adelante. Pero nada mejor para aumentar la sensación de inseguridad entre la ciudadanía cuando seamos conscientes de toda la ristra de errores que se han cometido durante este proceso, y desde el gobierno se pretenda zanjar el asunto achacándolo a un error humano de la persona infectada -método que ya se usó con el descarriamiento del tren de Santiago el pasado año al culpar al maquinista-.


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