Socialismo, año cero

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Juan Antonio Molina
Periodista y Escritor


El progreso consiste, nos dice Clemente Ricci, en navegar siempre en contra de la corriente, que es la rutina. En las cortes de los tiempos pasados, henchidos de horas amables para el amor, la cortesía y la aventura, lucían los bastardos como Shakespeare quería, "hijos de la lujuria y el amor", que no "de la rutina y el insomnio nacidos." A fin de cuentas, como nos indicaba José Ingenieros, para crear una partícula de verdad, de virtud o de belleza, se requiere un esfuerzo original y violento contra alguna rutina o prejuicio; como para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo. La rutina es antiaxiológica y en ese desarme ideológico o perplejidad con que pertrecha para el enfrentamiento, en el actual escenario político, con la derecha vitriólica atrincherada en la defensa de la desigualdad y la coronación de su happy few, deja a las fuerzas de progreso expuestas a esa inmunodeficiencia política que los conservadores le han inoculado al neutralizarla por la ideología, convertida en indiferenciación tecnocrática.


Ello ha producido que el partido socialista sufra la paradoja de Bossuet, la que definía Rosanvallon como esa particular clase de esquizofrenia de deplorar un estado de cosas y, al mismo tiempo, celebrar las causas concretas que lo producen. Quizás porque como nos dice el mismo José Ingenieros, la rutina es el hábito de renunciar a pensar. Precisamente cuando el pensamiento es más necesario que nunca. El socialismo se ha refugiado en lo que Gianni Vattimo llama pensamiento débil, un pensamiento sin metafísica que es una continua renuncia a trastocar el "orden objetivo de las cosas" impuesto por el pensamiento único de la derecha. Como afirma Vattino, el pensamiento débil (o postmetafísico) rechaza las categorías fuertes y las legitimaciones omnicomprensivas, es decir, ha renunciado a una "fundación única, última, normativa."


Pero la rutina intelectual y política ya no sirve. Cada proceso electoral, cada posibilidad de gobierno, cada presencia pública, cada debate orgánico, cada elección de liderazgos, adquiere para el partido socialista el sesgo de una última oportunidad, sin poder permitirse ningún tipo de fracaso, para no caer en la irrelevancia política. El problema ha sido intentar constreñir esa irrelevancia mediante un proceso de adaptación por arriba, a los condicionantes fácticos del sistema, y no por abajo, es decir, a las demandas de las mayorías sociales de progreso que confían en la ideología y no en la praxis, porque las ideas no se difuminan mientras la praxis es, en demasiadas ocasiones, desafecta a los principios que deberían inspirarla por sus constantes desviaciones, rectificaciones y renuncias.


La crisis que padece el socialismo español se puede de modo sumario definir como falta de trascendencia. Un pedestre pragmatismo sustituyó a la solidez del criterio ideológico para generar una actuación política que no se enfrenta a los acontecimientos sino que se adapta a ellos para dar la sensación de que se dominan. Es una ficción que intenta que el horizonte no se ensanche ni que adquiera profundidad intelectual para que sea controlable por una organización que se escuda detrás del cartel de noli me tangere y en la cual los conceptos políticos pesan menos que los intereses. No hay que olvidar que por siglos en nuestro país los que han detentado cualquier tipo de poder han considerado que la realidad era tendenciosa, no ellos. Desechando l'esprit est a gauche que proclamaba Sartre, se ha pretendido que la realidad fuera como un continuum de marketing político semejo al maná del desierto, con sabor según pedido del paladar.
Todo ello ha desembocado en una crisis identitaria cuyo pernicioso corolario es la falta de criterio en todos los ámbitos del debate político. No es una crisis coyuntural, sino de índole profunda que afecta a la misma razón de ser del partido y a los elementos más sensibles de su función política y su modos de relacionarse con la sociedad. En ningún ámbito polémico de la vida pública se ubica sin holgura el partido socialista, salvo vaguedades dialécticas y orfandad de ideas que convierten su posición en un simulacro, un repertorio de actitudes de atrezzo demasiado elementales como para ser convincentes.


Permutar una situación de tal calado demanda el destierro de la rutina. Sólo otro PSOE puede superar la crisis del socialismo. Sobresanar la invisibilidad con que lo percibe la ciudadanía, que es falta de crédito social previo a la irrelevancia política, demanda nuevos liderazgos nacidos de un proceso abierto de regeneración sin prevenciones ni inercias de intereses clientelares. Porque no hay otra salida que no pase por el rearme ideológico y la capacidad de materializar un proyecto creíble que recupere la verdadera función del socialismo en la sociedad, un proyecto transformador con propuestas claras a los desequilibrios económicos y sociales.


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